2. Revisión de literatura
2.1 Soft power y su problema de medición
El punto de partida obligatorio es Joseph Nye, quien acuñó el término soft power a comienzos de los años 1990 y lo consolidó en Soft Power: The Means to Success in World Politics (Nye, 2004): la capacidad de obtener los resultados deseados por atracción, y no por coerción (hard power, el ejército y la sanción) o pago. La contribución menos citada de Nye, y la decisiva para el argumento de este texto, aparece en un artículo posterior en los Annals of the American Academy of Political and Social Science: el soft power necesita separarse en recurso y resultado. Si un activo es atractivo puede medirse mediante encuestas de opinión; si esa atracción produce los resultados de política deseados "debe juzgarse caso por caso" (Nye, 2008, p. 100). La distinción parece técnica, pero tiene una implicación práctica enorme: comprar un club de fútbol es adquirir un recurso. Nada garantiza, y nada en el diseño de la compra en sí permite inferir, que el recurso se convierta en admiración real por parte de quien observa.
Es esa brecha entre recurso y resultado la que la literatura de deporte y soft power intentó llenar, y lo hizo a través de una autocrítica cada vez más dura dentro del propio campo. Grix & Lee (2013) documentaron cómo Estados que los autores llaman "emergentes" (Brasil, China, Sudáfrica, Rusia, Catar) usaron megaeventos deportivos para mostrarle al mundo que ya formaban parte del grupo de las potencias establecidas: fue la lógica detrás de Pekín 2008, Sochi 2014 y de la candidatura catarí para 2022. El argumento es seductor y ampliamente citado, pero los propios autores, tres años después, publicaron la autocrítica que reorienta el campo entero: en "Of Mechanisms and Myths", Grix & Brannagan (2016) muestran que la literatura de soft power y megaeventos confunde sistemáticamente estrategias y recursos con resultados; el mecanismo causal que convertiría un evento deportivo en atracción efectiva está subteorizado, y buena parte de las alegaciones de "éxito" de soft power es, en palabras de los autores, mito no verificado. Es la misma distinción de Nye, reencontrada empíricamente: todo el mundo mide el dinero gastado; nadie logra medir la admiración comprada.
En la misma línea, pero con un giro conceptual propio, Brannagan & Giulianotti (2015) acuñaron, al estudiar el caso de Catar y la Copa de 2022, el término soft disempowerment: la misma vitrina que proyecta la imagen de un Estado amplía, simétricamente, el escrutinio sobre él. Catar compró visibilidad y recibió, en el mismo paquete, una década de reportajes internacionales sobre la muerte de trabajadores migrantes en las obras de los estadios. El mecanismo no es hipotético: es observable en cualquier archivo de prensa entre 2010 y 2022. La consecuencia directa para este texto es clara: si el mecanismo de soft disempowerment es real y replicable, y si la inversión saudí sigue creciendo a pesar de él (y no a causa de él), entonces la hipótesis de que la imagen externa es el objetivo dominante de la inversión pierde fuerza en cada año en que el patrón se repite sin retroceso.
El marco teórico más amplio en que se inscriben estos debates fue bautizado por Simon Chadwick y colaboradores como economía geopolítica del deporte: Estados, fondos soberanos y corporaciones que tratan el deporte de élite como una arena donde poder, capital y reputación circulan al mismo tiempo (Chadwick, Widdop & Goldman, 2023). Stuart Murray (2018) sistematizó el instrumento más general en que encaja esta inversión, la diplomacia deportiva: el uso deliberado y continuo del deporte por actores estatales y no estatales para avanzar política exterior, imagen y vínculos entre pueblos. Ninguno de estos dos marcos, sin embargo, nació pensando específicamente en el caso saudí, que difiere de los precedentes del Golfo en al menos una dimensión estructural: Arabia Saudí tiene una población joven y un mercado interno de entretenimiento a escala que ni Catar ni los Emiratos poseen. Es esa brecha, entre un marco teórico general y un caso con un rasgo demográfico propio, la que este texto intenta llenar.
2.2 El deporte como instrumento de Estado: de los casos catarí y emiratí al caso saudí
La literatura empírica sobre inversión estatal del Golfo en deporte antecede al caso saudí en casi una década. Abu Dabi compró el Manchester City en 2008; Catar compró el Paris Saint-Germain en 2011 y ganó la candidatura para la Copa de 2022 ese mismo año. Reiche (2015) analizó el caso catarí específicamente como instrumento simultáneo de política doméstica y exterior, argumentando que la inversión deportiva cumplía tres funciones a la vez: construcción de identidad nacional hacia adentro, diversificación económica de mediano plazo, y proyección de imagen hacia afuera, una triple función que anticipa, con una década de ventaja, la estructura de hipótesis que este texto propone para el caso saudí. James Dorsey, en uno de los pocos libros de fondo dedicados a la intersección entre fútbol y política en Medio Oriente (Dorsey, 2016), documentó cómo la inversión en deporte en el Golfo siempre fue leída, dentro de la región, tanto como proyección externa como herramienta de control y legitimación doméstica, un punto frecuentemente perdido en la cobertura occidental que solo ve el eje externo.
El caso saudí propiamente dicho todavía carece de la misma atención académica sistemática que el catarí recibió entre 2015 y 2022, en parte porque el grueso de la inversión saudí es posterior a 2021 y la literatura tarda en procesar eventos corrientes. Lo que existe hasta ahora es mayoritariamente periodismo de investigación de calidad (la cobertura de Play the Game, el instituto danés que mantiene el relevamiento más citado de la inversión saudí agregada en deporte) y análisis de política económica que tratan el deporte como ítem lateral dentro del proyecto más amplio de la Vision 2030, no como objeto central de análisis. Esta es precisamente la brecha que este texto intenta llenar: ningún trabajo hasta la fecha de esta publicación reunió, en un banco de hechos único y verificado, el portafolio deportivo saudí completo (fútbol, golf, F1, boxeo, e-sports, tenis, rally y los megaeventos importados, como las Supercopas ibéricas) para ponerlo a prueba contra hipótesis en competencia de forma sistemática. Vale un paréntesis personal aquí: hasta hace pocos años, sería difícil imaginar al Real Madrid y al Barcelona decidiendo la Supercopa de España en pleno desierto saudí, pero es exactamente eso lo que pasa, sin alharaca, desde 2020.
2.3 La economía política del Estado rentista del Golfo
La tercera pata de la revisión proviene de un campo más antiguo y mejor establecido: la economía política de los Estados petroleros del Golfo. El concepto fundador es el Estado rentista, formulado por Hazem Beblawi y Giacomo Luciani (Beblawi & Luciani, 1987), al estudiar exactamente estas monarquías: un Estado que no vive de impuestos cobrados al ciudadano, sino de renta externa (el petróleo vendido al resto del mundo), lo que invierte el contrato social clásico. En el modelo democrático liberal, el ciudadano paga impuestos y exige representación; en el Estado rentista, el gobierno cobra poco y, a cambio, el ciudadano exige poco, con la lealtad comprada en origen mediante empleo público, subsidios y servicios gratuitos o baratos. El arreglo es estable mientras la renta entra; si se seca, el pacto se quiebra.
Steffen Hertog (2010), en Princes, Brokers, and Bureaucrats, detalló cómo el aparato de Estado saudí distribuye específicamente esa renta a través de una red de intermediarios ligados a la familia real, un diseño institucional que ayuda a explicar por qué la inversión en deporte es conducida por una red pequeña y superpuesta de individuos (el mismo gobernador del fondo soberano aparece como presidente de club de fútbol en Inglaterra y como figura central en múltiples otros activos), en lugar de por un mercado de inversores independientes. Matthew Gray (2011) actualizó el concepto para el siglo 21 con la idea de "rentismo tardío" (late rentierism): Estados del Golfo que, conscientes de que la era del petróleo tiene fecha de vencimiento, usan la renta actual para construir activamente nuevas fuentes de renta y de legitimidad antes de que la anterior se agote, en lugar de simplemente redistribuir de forma pasiva como en el modelo clásico de los años 1970. Es ese rentismo tardío, activo y anticipatorio, el que provee el marco teórico de este texto: la inversión en deporte no es gasto de vanidad de un régimen con dinero de sobra, es una apuesta calculada de diversificación de renta y legitimidad, con el reloj demográfico saudí (la mayoría de la población nacida después del inicio de la era del petróleo abundante) como presión de fondo.
Falta todavía una pieza: cómo el dinero estatal se conecta al patrocinio deportivo específicamente, más allá de la compra directa de clubes. Krzyzaniak (2016) examinó el patrocinio de camiseta y de naming como vehículo de soft power distinto de la propiedad plena, un argumento relevante para el caso saudí porque buena parte de la inversión (Aramco en la Fórmula 1 y en la FIFA, Sela en el Newcastle, NEOM en McLaren) toma exactamente esa forma contractual, más barata y más reversible que la adquisición integral de un activo. Peterson (2006), al estudiar Catar más de una década antes del pico de la inversión catarí en deporte, ya había descrito el mecanismo general de "branding" que los microestados del Golfo usan para convertir riqueza en reconocimiento internacional, anticipando el vocabulario que la literatura de soft power y megaeventos consolidaría después. La pieza más reciente del debate, un artículo de 2024 de Grix, Brannagan et al. que trata los megaeventos deportivos como instrumento simultáneo de diplomacia, soft power y sportswashing, resume el estado del arte: los tres conceptos (diplomacia deportiva, soft power y sportswashing) describen fenómenos superpuestos pero distintos, y la literatura todavía carece de un criterio consistente para decidir cuál de ellos pesa más en cada caso concreto (Grix & Brannagan, 2024). Es exactamente ese criterio, aplicado a un caso concreto con datos originales, lo que las secciones 3 a 7 de este texto intentan proveer.