Por qué Trump apostó por UFC para ganar la elección de 2024
Sportswashing doméstico, medios fragmentados y el realineamiento del voto joven masculino en Estados Unidos
Este texto revisita el concepto de sportswashing a partir de un caso que la literatura rara vez examina: su uso por un actor democrático, dirigido no a la opinión internacional, sino a un segmento específico del propio electorado doméstico. Analizo la alianza entre Donald Trump y el ecosistema de UFC durante la campaña presidencial de 2024, reconstruyendo una línea de tiempo verificada de eventos y poniendo a prueba tres hipótesis en competencia: gestión de reputación y compromiso de audiencia (H1), afinidad personal orgánica entre Trump y las figuras de UFC (H2), y acceso a medios alternativos como mecanismo real, con el deporte como vehículo incidental (H3). El método es el estudio de caso cualitativo vía process tracing, con verificación factual adversarial de cada cifra citada. El hallazgo central: las tres hipótesis coexisten y se refuerzan, pero el dato mejor sustentado (38% de los estadounidenses de 18 a 29 años se informa por influenciadores de redes sociales, contra 8% de los mayores de 65) apunta al acceso a medios alternativos como el mecanismo más explicativo, con el deporte funcionando como el vehículo más visible, no el más decisivo.
1. Introducción
El 16 de noviembre de 2024, en el Madison Square Garden, Jon Jones noqueó a Stipe Miocic con una patada giratoria a las costillas y defendió el título de peso pesado de UFC. Antes de hablar por el micrófono, Jones hizo el baile que Donald Trump popularizó en sus mítines. Después caminó hasta la silla de Trump, le entregó el cinturón en sus manos y pidió a la multitud que aplaudiera al presidente electo. La prensa deportiva trató la escena como un homenaje espontáneo. Este texto propone una lectura distinta: el momento fue el punto culminante visible de una alianza deliberada entre una campaña presidencial y la mayor organización de MMA del mundo, construida a lo largo de meses y con un objetivo electoral específico.
Once días antes de esa pelea, el 25 de octubre de 2024, Trump había grabado una aparición de tres horas en The Joe Rogan Experience, el podcast más escuchado de Estados Unidos, conducido por uno de los nombres más influyentes del ecosistema de UFC. La víspera de la elección, Rogan publicó que su apoyo a Elon Musk equivalía a un apoyo a Trump. La noche de la victoria, Dana White, presidente de UFC, cerró su discurso agradeciendo nominalmente a "el poderoso Joe Rogan". Tomados por separado, cada evento parece una coincidencia de calendario electoral. Tomados en conjunto, revelan un patrón: una campaña presidencial usando deliberadamente el capital cultural de una organización deportiva para alcanzar a un público que la política tradicional ya no lograba alcanzar.
La literatura de Relaciones Internacionales tiene un nombre para el uso estratégico del deporte en la construcción de reputación y narrativa: sportswashing. El concepto nació para describir a regímenes autoritarios (la Alemania nazi en 1936, Rusia en 2014, Catar en 2022) usando megaeventos y clubes para proyectar legitimidad internacional ante el escrutinio por violaciones de derechos humanos. La pregunta de investigación que organiza este texto invierte el supuesto habitual de la literatura: ¿qué ocurre cuando el mismo instrumento es usado no por un régimen autoritario que busca legitimidad externa, sino por un candidato en una democracia consolidada, buscando no la opinión internacional, sino un segmento específico del propio electorado doméstico?
La hipótesis más citada en la cobertura sobre el caso, y la que orienta buena parte de la literatura de sportswashing, es que la gestión de reputación y el compromiso de audiencia bastan para explicar por qué los actores recurren al deporte como herramienta política. Este texto pone a prueba esa hipótesis contra dos explicaciones rivales que la propia literatura sugiere, pero rara vez compara de forma explícita: que lo que hubo fue una afinidad personal genuina entre Trump y las principales figuras de UFC, no una estrategia calculada de imagen; y que el factor decisivo no fue el deporte en sí, sino el acceso a los medios alternativos (podcasts, YouTube) que el ecosistema de UFC domina, haciendo del MMA algo incidental al mecanismo real.
La contribución de este texto es doble. Primero, reconstruye la línea de tiempo verificada de la alianza Trump-UFC entre 2024 y la elección, con fuente primaria o de prensa de referencia por evento, corrigiendo cifras que circulan de forma imprecisa en la cobertura popular sobre el caso (el vuelco del voto joven masculino, los ingresos de UFC, la base de datos demográficos de los aficionados al MMA). Segundo, pone a prueba tres hipótesis en competencia sobre por qué esa alianza funcionó, en lugar de asumir la explicación del sportswashing como autoevidente.
El texto sigue en nueve secciones. La sección 2 revisa la literatura de soft power, sportswashing y diplomacia deportiva, y ubica el vacío que motiva este texto: la casi ausencia de estudios sobre sportswashing en contextos democráticos. La sección 3 formula el marco teórico y las tres hipótesis en competencia. La sección 4 declara el diseño de investigación. La sección 5 presenta la línea de tiempo verificada de la alianza Trump-UFC. La sección 6 presenta los datos de realineamiento electoral y de superposición demográfica entre los aficionados de UFC y los votantes de Trump. La sección 7 pone a prueba las tres hipótesis contra la evidencia. La sección 8 extrae implicaciones para campañas, plataformas y organizaciones deportivas. La sección 9 declara las limitaciones del texto, y la sección 10 concluye.